Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Todo París se encontraba en Versalles. Las puertas, las ventanas, los techos, los árboles, estaban atestados de espectadores; los balcones, cubiertos de telas brillantes, aparecían ocupados por mujeres llenas de plumas y de flores. Habríase dicho que al precipitarse en la arena de la guerra civil, las mujeres que iban a impugnar las leyes suntuarias de la igualdad, habían aprovechado esta ocasión para mostrarse una vez más en todo su esplendor.
Era evidente que se iniciaba algo extraordinario. ¿Cuál sería su resultado? Todos lo ignoraban aún.
Primero vimos que avanzaba una masa negruzca: era el Estado llano, las clases trabajadoras. Quinientos cincuenta diputados, entre los cuales había trescientos legisladores, abogados, magistrados, todos desconocidos, o casi todos, excepto uno, conocido por sus escándalos, llamado Honorato Piquetti de Mirabeau.
Su nombre repercutía en Francia y en el extranjero: sus amores, sus raptos, sus adulterios, sus prisiones, formaban una novela más conmovedora, más animada y terrible que ninguna de las novelas soñadas por la imaginación de los poetas.
Mi única pregunta era esta: «¿Dónde está Mirabeau?».
Alguien me lo señaló.