Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Llevábase consigo al ardiente Mediodía todos los sueños de la nebulosa poesía del Norte; iba a ver ese fabuloso país de las sirenas, donde nació el Tasso, donde murió Virgilio; iba a coger con su propia mano el laurel que crecía sobre la tumba del cantor de Augusto y sobre la del poeta de Godefroy. Su marido tenía diez y ocho años; ¿sería Eurialo o Tancredo, Niso o Renaud?
¿Por qué no? ¿Acaso no era ella Venus y Armida?
María Carolina se unió al Rey que he intentado describir, de enorme nariz, de pies y manos descomunales, de vulgares ademanes y que se expresaba en dialecto napolitano.
Un artículo del contrato matrimonial de la Reina, en el que Tannucci no había reparado, debía cambiar de cuajo la política del reino de las Dos Sicilias.
Decía así el capítulo: «Cuando la Reina dé a Nápoles un heredero de la Corona, tendrá derecho a entrar en consejo».
Estuvo seis años sin dar ese heredero; pero a los veintidós estaba capacitada para cumplir los deseos de su madre.