Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Al principio, la Reina creyó que podría modificar la educación de su marido, lo cual le parecía cosa fácil de conseguir, considerando que, después de haberla oído hablar con Tannucci y las contadas personas instruidas de la Corte, Fernando quedó asombrado; incapaz de distinguir la verdadera ciencia del charlatanismo, el Rey exclamaba con admiración:

—¡La Reina es, en verdad, la ciencia universal!

Pero tal admiración cedió en breve, y más de una vez le oí exclamar:

—¡Cuántas torpezas, a pesar de ser tan sabia, no comete la Reina más que yo, que soy un asno!

Sin embargo, en los primeros tiempos de su matrimonio, Fernando se sometió a las lecciones que la Reina quiso darle, y le enseñó a leer y escribir casi regularmente. A esas lecciones aludía el Rey, cuando en sus ratos de buen humor, la llamaba mi querida maestra.

Pero lo que nunca pudo enseñarle, fueron los modales elegantes de las cortes del Norte y del Occidente, el dulce y gracioso hablar de la galantería que hace del amor un lenguaje que participa del aroma de las flores y del canto de las aves.

La superioridad de Carolina humillaba a Fernando; la grosería de Fernando humillaba a Carolina.

Veremos lo que resultó de esta disparidad de caracteres y de esta oposición de temperamentos.


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