Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Esta venta era, en general, muy cómica. El Rey vendía al precio más alto que podía, ponderaba la calidad de su pescado, lo cogía por las agallas y lo mostraba al público, abofeteaba a los que ofrecían un precio demasiado bajo, si los tenía a mano; por su parte, los lazzaroni le respondían con injurias, cual si tratasen con un vendedor corriente; tales invectivas le hacían reír a mandíbula batiente. Terminada la venta, completamente mojado y oliendo a pescado, volvía a palacio, y, antes de lavarse y sin cambiar de ropas, iba riendo a contarlo todo a la Reina, la que, según la disposición de ánimo en que se encontraba, le escuchaba con paciencia o lo despedía afeándole sus groseros placeres, a los cuales, sin embargo, no deseaba la Reina que su marido renunciase, puesto que, anteponiéndolos a los asuntos públicos, podía ella gobernar el reino a su antojo.