Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Esa es la verdad —dijo MarÃa Carolina—; tal es la condición de nosotras las mujeres. Yo también, pobre Emma mÃa, he sacrificado un amor verdadero, un amor real, a un amor engañoso e interesado; pago las consecuencias. Tengo un marido al que no amo, al que no puedo amar, y un amante que desprecio… Se asombra usted de que le diga esto con semejante desenvoltura; ¡qué quiere usted! Poseo un instinto que me arrastra a quererla. Por lo demás, es un secreto que casi todo Nápoles conoce, por lo que, mi confidencia carece de mérito, y, según toda probabilidad, ya debe usted saber desde hace tiempo lo que ahora le cuento.
—Lo que me cuenta Vuestra Majestad no me incumbe.
—Mi Majestad es una triste Majestad desde el punto de vista de la felicidad; pero, al pisar el suelo de Nápoles, luego que observé al hombre que me habÃa sido destinado, me sentà condenada.
—En efecto, ¡qué diferencia, Dios mÃo, entre el Rey y Vuestra Majestad! —exclamé.