Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¿Ríes —me dijo la Reina— y te parece que estoy loca? Bien, ríe más fuerte, si te place; una parte de mi corazón está donde él se encuentra; la otra, con estas flores, con estas cartas y este retrato. Frecuentemente, después de haber soportado un día entero a un marido que aborrezco y a un amante que desprecio, me encierro a solas en esta pieza, saco mi querida cajita de este bufete, la abro, y me digo: «Esta hoja de laurel la cogimos una tarde en la tumba de Virgilio»; la luna, que se elevaba espléndida tras el monte Sant’Angelo, proyectaba extensas sombras sobre el Posilipo; él y; yo estábamos perdidos en uno de aquellos ángulos de tinieblas y como arrancados del mundo de los vivos que se agitaba a nuestros pies; el reloj del convento de San Antonio daba las once; él estaba a mis plantas, como un pastor de Teócrito o de Gessner, y me suplicaba… Nos habíamos dicho que nos amábamos, pero yo no le había entregado aún más que la virginidad de mi corazón… Al extinguirse el eco de la oncena hora, cogí esta hoja, la llevé a mis labios e incliné la cabeza hacia él; su boca se posó en el otro lado de la hoja, cuyo espesor era el único tabique que separaba sus labios de los míos; de repente separé con rapidez la hoja; nuestros labios se tocaron… Él lanzó un grito como si un hierro candente le hubiese penetrado en el corazón; le vi palidecer, cerrar los ojos y echarse atrás; le retuve en mis brazos, le acerqué a mi pecho… Era una hermosa noche de mayo; el mar brillaba como un lago de plata derretida; Júpiter se elevaba por encima del Vesubio, rojo, como si saliese del cráter… ¡Ah, pobre hoja marchita! Hace catorce años que fuiste arrancada, y, sin embargo, ya ves que nada he olvidado. Cada una de estas plantas o de estas flores es un jalón de nuestros amores y tiene su historia como esta hoja de laurel; con ellas, podría yo recomponer todo el poema de mi dicha y de mi juventud. Esta rama de brezo está asociada con los recuerdos de cierta noche inolvidable. El Rey tenía un regimiento privilegiado que denominaba sus Liparistas, porque todos o casi todos los individuos que lo formaban procedían de las islas Lipari. José era capitán de ese regimiento. Vigilada como estaba yo, en aquella época, por el viejo Tannucci, que me aborrecía, que me detestaba, no nos podíamos ver sino arrostrando mil peligros. Induje al Rey a celebrar una fiesta en honor de su regimiento. Se acordó que nos disfrazaríamos, él de hostelero, yo de hostelera, y que daríamos albergue a los oficiales del regimiento. Se levantaron dos tiendas muy espaciosas, en una de las cuales presidía el Rey, que tenía por ayudantes los principales señores de la Corte. Yo, vestida al estilo de las mujeres de Prócida, el pañuelo encarnado anudado en la cabeza, el corsé bordado de oro ceñido al talle, la falda corta, tenía por sirvientas a las más encopetadas señoras. Caramanico vino a sentarse a una de las mesas servidas por mí, lo cual me permitió dedicarme a él sin desatender a los demás. ¡Con qué placer era su criada y le servía, viendo que bebía a la salud de la Reina, que en su fuero interno no era otra que María Carolina! Pasaba cerca de él; mi vestido rozaba sus rodillas, mi brazo sus hombros, pasaba y pasaba sin cesar, y siempre tenía algo que hacer en aquella dirección. La música preludió los primeros compases de un baile. Como uno de los principales oficiales del regimiento, tenía la facultad de invitarme. Tres veces bailamos juntos. Notando el ramito que adornaba mi cintura, aprovechó un momento de reposo para hacer otro igual; me lo dio, y yo le di el mío… Es el que ahora te muestro; es este brezo rodeado de claveles. ¿Quieres ver la carta que al día siguiente me escribió? ¡Hela aquí!


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