Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Cogí la carta de las crispadas manos de la Reina, y leí:

¡Oh, Carolina amada! heme de nuevo caído del Cielo a este desierto que llaman la tierra, desierto para mí cuando no te veo. ¿Es un sueño? ¿Es una realidad? Una diosa, Hebe o Venus, no sé cuál, las dos son rubias, jóvenes y hermosas, me han servido néctar y ambrosía… ¡Oh! he saboreado el manjar divino… ¿Por qué eres Reina? ¿Por qué no eres una de esas sencillas hijas de la isla helénica cuyo vestido llevabas ayer? Entonces, no más palacios rodeados de centinelas, no más corredores guardados por damas de honor, no más cámara real custodiada por un Rey. Entonces habría una barca y el mar se extendería a nuestros pies; el cielo sobre nuestras cabezas; un promontorio que se llamaría Meseno, un golfo de amorosos recuerdos llamado Baïa; bosques de naranjos, donde nos perderíamos, a los que daríamos el nombre de Sorrento. ¡Ah, contigo, la vida, la libertad, el infortunio, la muerte! Pero, sin ti, nada, ni gloria, ni dicha, ni siquiera un lugar a la derecha de Dios. Tu

JOSÉ.

Dejé caer la carta suspirando.

—¿Crees que me ama? —preguntó la Reina llevándola a sus labios.

No respondí.


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