Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Oh! comprendo. Te preguntas a ti misma, por no atreverte a preguntármelo a mÃ, cómo siendo amada de semejante hombre, he podido consentir en alejarle de mi lado; te preguntas cómo, habiéndole amado, he podido amar a otro… No he amado a otro; he sido la amante de otro: eso es todo. ¡Qué quieres! Cleopatra, después de haber sido la amante del divino César, fue la concubina del beodo Antonio. No hablemos más de ello, que es un borrón para mÃ. ¿Quieres ver su retrato?
Y con violencia, casi colérica, abrió el estuche, y puso ante mis ojos una preciosa miniatura.
Era el retrato de un hombre de veintiocho a treinta años, de fisonomÃa más bien severa que tierna, de ojos y cabellos negros y hermosos.
VestÃa el uniforme de capitán de los Liparistas.
En aquel instante llamaron a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó vivamente la Reina, guardando con presteza todos aquellos objetos, como si temiese que miradas extrañas los profanasen.
—Yo, señora —contestó una voz de hombre.
La Reina frunció el entrecejo y su fisonomÃa adquirió una increÃble expresión de dureza.
—He dicho que no recibÃa a nadie —respondió Carolina.
—¿Ni siquiera a m� —preguntó la voz:
—Cuando digo a nadie —replicó la Reina con acento rudo—, no hago excepciones.