Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Sà —dijo—; ¡qué desgracia que un genio tan preclaro vaya asociado a una inmoralidad tan censurable! TenÃa Rowmney una mujer adorable y dos niños encantadores, y los ha abandonado para hacer vida común con mujercillas de teatro y depravadas cortesanas que agostan su salud y dilapidan su dinero. Es verdad que, por su arte, nada regatea; serÃa capaz de pagar a una modelo veinticinco libras esterlinas, si ese modelo brindase a su pincel la reproducción de una belleza peregrina. Pero ¿cómo es que conoce usted a Rownmey?
—No le conozco —contesté, sintiendo que la sangre afluÃa a mi rostro—. Es, simplemente, que en el colegio donde yo estaba habÃa una pensionista emparentada con él.
El señor Hawarden volvió a entrar, y yo me callé. El severo puritano habrÃa sin duda tomado a mal el verme en conversación con su hijo sobre un tema de tal naturaleza.
No volvà a hablar de Rowmney al señor Jaime Hawarden; ya sabÃa de él lo que deseaba. El mismo señor Hawarden me lo habÃa dicho: Rowmney era capaz de pagar veinticinco libras esterlinas a una modelo que le ofreciese algún nuevo tipo de belleza.
Me abstuve de hablarle de miss Arabela; querÃa ignorar quién fuese ella; la ignorancia me autorizaba, a usar de su ofrecimiento.