Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Mi rostro produjo en él el efecto que producía a todos. Me dirigió varias preguntas relativas a mi familia y a mí individualmente. Me preguntó qué me proponía hacer y por qué no me iba a Londres. Díjome que él se encargaría de colocarme en condiciones ventajosas, y, por fin, en tanto que mi pecho latía con violencia a impulsos de la esperanza y del deseo, mirándome con una intensa expresión de interés:

—No —añadió—; es preferible que no conozca usted aquella ciudad.

Ardía yo en deseos de interrogarle; pero no me atreví, por estar presente el señor Hawarden padre. Pero este salió de la habitación, y, por consiguiente, quedamos a solas el hijo y yo. Faltome tiempo para preguntarle:

—¿Conoce usted al señor Rowmney?

—¿A cuál de los Rowmney? —preguntome a su vez el señor Jaime Hawarden.

—El pintor —respondí.

—¿Quién no conoce a Rowmney? Es el primero entre los retratistas modernos.

Luego, encogiéndose de hombros:

—¡Qué desgracia! —añadió, pero no terminó la frase.

Le miré; le interrogué con los ojos, no atreviéndome a hacerlo de palabra.


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