Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Había reunido, en el tiempo que estaba en casa del señor Hawarden, seis libras. Las guardaba en un cajón de la cómoda de mi cuarto, cuya llave no se separaba de mí; precaución inútil, por otra parte, en aquel hogar. Habríase podido tirar al suelo el diamante del Gran Mogol, sin temor de que nadie se apoderase de él.

Clarice Damby tenía razón: yo conservaba la misma ropa. Pero, si me trasladaba a Londres, si me prestaba a servir de señorita de compañía y de modelo, podría cambiar de vestido cada mes, cada quince días, cada semana.

Nunca la tentación se enseñoreó del corazón de una mujer con tanta fuerza como en aquel momento, hizo presa del mío. Miré el papel que guardaba en mi seno, y por dos veces repetí:

Miss Arabela, Oxford Street, 23.

Podía extraviárseme el papel; pero la dirección quedaba grabada en mi memoria con caracteres indelebles.

Al entrar en casa del señor Hawarden, encontré un nuevo huésped. Era el señor Jaime Hawarden, el hijo, de quien ya dejo dicho que ejercía de cirujano en la plaza Leicester.

Venía de Londres, y se proponía permanecer ocho días en la casa paterna. Así, pues, durante el mencionado lapso de tiempo iba yo a tener ocasión de oír hablar de Londres.


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