Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Salimos del palacio. Al pasar por enfrente de una casa de apariencia bastante agradable, la Reina extendió el brazo.
—¿Ves esta casa? —me dijo.
—SÃ, Majestad.
—Pues bien, es la pescaderÃa de mi augusto marido. Aquà es donde él vende el pescado, empleando un lenguaje que no cede en nada al de sus buenos amigos los lazzaroni. ¿Nunca has visto ese curioso espectáculo?
—No, Majestad, ni deseo verlo.
—Estás equivocada; ello te darÃa probablemente de la majestad real una idea totalmente opuesta de la que tienes formada.
Esto diciendo, se hundió en el respaldo del carruaje, con uno de los movimientos de impaciencia y de desdén que en ella eran peculiares cuando hablaba de su marido.