Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Es el hijo de San Nicandro —dijo—, del idiota que ha educado al Rey. Se siente tan avergonzado de la obra de su padre, que ha tomado el nombre de uno de sus feudos, Termoli. Es hombre de corazón, y he resuelto que la falta del padre no recaiga en el hijo, a quien he perdonado… Pero Lemberg, bajo ningún pretexto; ¡nada de sabios! En todos los países del mundo, querida mía, los sabios son enfadosos; en Italia, lo son con exceso; en suma, diez o doce personas a lo más, todas íntimas mías.

Después, mientras bajábamos por la gran escalera, añadió:

—Hay personas de mi intimidad y otras de la del Rey; es verdad que los íntimos del Rey no son numerosos.

Bajamos; en el patio nos esperaba una calesa arrastrada por dos caballos, sin más distintivo que una F y una B debajo de una corona cerrada; el cochero iba de media gala.

La Reina y yo nos habíamos vestido exactamente igual la una que la otra; un traje de satén blanco, una pluma blanca en los cabellos, un chal azul componían nuestro vestido. La sola diferencia que había entre nosotras era que la Reina tenía los cabellos dorados y los míos eran de un castaño subido.


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