Historia de una cortesana

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Sin embargo, como si esta interrupción hubiese bastado para cambiar el curso de sus ideas, Carolina cerró la pequeña cajita, la volvió a colocar en la gaveta de su bufete, corrió la tablita que disimulaba aquella, detúvose delante de un espejo, se arregló el peinado, y, con afectado acento de indiferencia:

—Vámonos a pasear —dijo, tirando del cordón de la campanilla.

Un instante después golpearon en la puerta.

—Entre —dijo la Reina, colocándose el chal sobre los hombros.

—Vuestra Majestad olvida que ha cerrado la puerta por dentro.

—Es verdad… Abre, Emma.

Obedecí.

La Reina se volvió para ver quién entraba.

—¡Ah!, ¿eres tú, San Marco? —dijo—. Esta noche cenamos entre mujeres: tú, la San Clemente, Emma y yo. El gabinete rosa y el saloncito estarán iluminados; se pasará aviso a nuestros contertulios habituales: Rocca-Romana, el viejo Gatti, Maliterno, Pignatelli; pero, nada de gente fastidiosa y dada a sermonear, nada de diplomáticos. Si viene Termoli, será bienvenido.

—¿Es preciso invitarle? —preguntó la marquesa de San Marco.

—No, por cierto; dejemos algo a la casualidad.

Luego, dirigiéndose a mí:


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