Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XLVIII

Las damas de la Reina, las que eran consideradas como amigas suyas, no siendo más que sus confidentes, la marquesa de San Marco y la baronesa de San Clemente, estaban en traje de Corte, lo cual hacía un singular contraste con nosotras. Llevaban los cabellos empolvados y colorete en las mejillas. Por vez primera me di cuenta del lado ridículo de tales composturas. Las pobres mujeres parecían dos máscaras.

Con todo, ambas eran hermosas, la marquesa de San Marco especialmente; pero era la belleza sin gracia, sin flexibilidad, sin atractivos.

La Reina, al contrario, aunque un tanto obesa por virtud de sus treinta y seis años, estaba encantadora. Habríase dicho que, bajo el peso de una noticia desagradable que ignoraba aún, pero que indefectiblemente debía conocer al día siguiente, se había apresurado a robar al tiempo, a los acontecimientos, a la política, algunas horas felices.

Estuvo amable con aquellas dos señoras, pero adorable conmigo; me hizo sentar a su lado, y durante toda la cena, me sirvió ella misma.

Estaba yo acostumbrada a beber agua pura, o cuando más, a teñirla con un poco de vino francés; pero, para acceder a las instancias de la Reina, tuve que probar todos los fuertes vinos de Sicilia y Hungría, que parecían encender la sangre de mis venas.


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