Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Aunque la Reina hubiese dado al cochero el mismo encargo que sir Guillermo en el sentido de acelerar la marcha, este llegó veinticinco minutos antes que nosotras merced a la bondad de sus caballos, que eran los mejores de Nápoles, sin exceptuar los del Rey.
Al entrar en el palacio, la Reina encontró el Consejo reunido. El ministro Acton había también recibido la noticia de la detención del rey de Francia, y consideró que el hecho valía la pena de ser llevado al Consejo.
No supe más que de oídas lo que pasó, pues me separé de la Reina, y en el mismo coche me fui al hotel de la Embajada.
Al comenzar el Consejo, el Rey manifestó que otros asuntos más importantes solicitaban su atención, por lo cual pensaba retirarse sin esperar el final. Súbitamente, en lo álgido de la discusión, alguien hubo de llamar a la puerta.
La Reina preguntó contrariada quién era el audaz que llamaba a la puerta del Consejo; pero el Rey hizo un signo.
—Querida maestra —dijo—, no te impacientes; vienen por mí; sé quién es.
Y esto diciendo, salió.
La Reina pudo ver a un montero que esperaba al Rey.
Casi en el acto, el Rey volvió a entrar, y dijo: