Historia de una cortesana

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Carolina tuvo la satisfacción de saber, por los datos aportados por Acton, que si las hostilidades con Francia no se habían roto aún, cuando menos todo estaba dispuesto para la invasión del territorio francés. Treinta y cinco mil alemanes avanzaban hacia Flandes; otros quince mil en dirección a Alsacia; quince mil suizos se apercibían a marchar sobre Lyón: un ejército piamontés amenazaba al Delfinado, y veinte mil españoles estaban prontos a pasar la frontera.

El general Acton, como ministro de la Guerra y de Marina, prometió a la Reina que se organizarían manufacturas de armas y fábricas de pólvora.

Todo esto, por lo que se refería al exterior; pero la Reina tenía resuelto someter el interior a una vigilancia que previniese todo acontecimiento que pudiese tener alguna analogía con los sucesos de Francia. Se acordó poner número a las casas de la ciudad que no lo tuviesen; se establecieron comisarías exclusivamente encargadas de una policía política. En fin, un joven que el general Acton creía poder recomendar a la Reina como osado y hábil, además de ambicioso, recibió un título abolido hacía mucho tiempo, pero que aquellos momentos de agitación volvían a poner en uso.

Ese joven era el caballero Luis de Médicis, que, una vez se hubo hecho cargo de su destino, no debía ya soltarlo.


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