Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El sábado siguiente, como de costumbre y a la misma hora que el sábado anterior, salimos para el campo. El cochero sacudió la fusta tres veces sobre el caballo, y a las dos horas diez minutos, nos apeábamos.
No habÃa yo olvidado las instrucciones de Amanda. Embolsé las siete libras aumentadas con los doce chelines recibidos del señor Hawarden el dÃa anterior. No habÃa tenido necesidad de maleta; un pañuelo, anudado en sus extremidades, era suficiente para contener mi ajuar.
Cosa difÃcil serÃa expresar los sentimientos que en mi alma se agitaron al entrar en aquella casa que quizás veÃa por última vez, bajo cuyo techo acaso no volverÃa a cobijarme y que al otro dÃa, por la noche, abandonarÃa para correr hacia un mundo nuevo, y desconocido, guiada por esa versátil divinidad que llaman el azar.
Consideraba, para el caso de resolver mi fuga, cuáles serÃan los obstáculos que tendrÃa que vencer. Por desgracia, no eran tales que pudiesen sofrenar el Ãmpetu de mis locos devaneos. La habitación de los niños estaba, lo mismo que la mÃa, en los bajos de la casa y daba al jardÃn; la puerta de este daba salida a la playa, y en la playa me esperarÃan Amanda y su hermano.
