Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El cardenal Ruffo había, en todas las circunstancias, querido obtener una importancia militar o política que sin duda le hacía desear la conciencia de su mérito, y a la cual le daban derecho no solamente la recomendación del soberano Pontífice, sino también sus estudios realizados en el arte de la artillería, estudios que, si no me engaño, consistían en un sistema especial de preparar los proyectiles; pero, sea que el ministro Acton no participase de la confianza, que el cardenal tenía en su propio mérito, sea que temiese la influencia de un hombre superior a él, sea, en fin, que la Reina, sintiendo cierta aversión por el cardenal, hubiese neutralizado las buenas intenciones del Rey, que lo había tomado bajo su protección, ello es que transcurrieron dos o tres meses sin que el cardenal Ruffo alcanzase ninguna posición oficial en la corte.
María Carolina estaba, a la sazón, lejos de sospechar, el servicio que, seis años después, debía prestarle, como soldado, el cardenal a quien en la actualidad excluía de los asuntos militares.
Pero el Rey, que, por el contrario, sentía viva simpatía por Su Eminencia, quiso por fin darle una prueba de esa simpatía; mas, como quiera que solía mezclar la burla con el favor, le confió el cargo que menos se amoldaba a un hombre de condición eclesiástica: le nombró inspector de su colonia de San Leucio.