Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Digamos cuatro palabras del criminal, o mejor dicho del primer inocente que abrió a tantas víctimas la sangrienta vía del patíbulo y de la horca.
Encontrándose en Nápoles la Reina, con motivo de las fiestas de Pascua, que nunca dejaba de celebrar, llegó a nuestros oídos que la iglesia del Carmen, una de las más veneradas en la ciudad, acababa de ser manchada con un acto de espeluznante impiedad.
Conviene decir ante todo algo sobre la iglesia del Carmen.
La fundó la reina Isabel, madre del joven Conradino. Venía la Reina en un navío cargado de oro para rescatar a su hijo de manos del duque de Anjou, o mejor dicho, del rey de Nápoles. ¡Llegó demasiado tarde! El oro que debía rescatar al infortunado niño fue empleado en edificar una capilla en la que se inhumaron sus restos y los del duque de Austria, que, no pudiendo vivir sin él, quiso morir al mismo tiempo.
En 1438, durante el sitio de Nápoles, un proyectil dirigido por Renato de Anjou, amenazó la cabeza del gran crucifijo de madera que se elevaba sobre el altar bajo el cual yacía sepultado Conradino; el crucifijo inclinó la cabeza sobre el hombro derecho, de modo que la bala pasó sin tocarla, y fue a incrustarse en el muro.
