Historia de una cortesana

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VI

El señor Jaime Hawarden no se encontraba en casa; pero estaría de vuelta antes de las siete, y eran las cinco y media.

Me invitaron a esperarle.

Pedí a Ricardo que volviese a la posada, que no debía estar muy lejos de Leicester square, y que viniese a buscarme de allí a una hora. En efecto, Leicester square estaba situado entre la calle de Oxford y el Támesis, al cual miraban las ventanas de nuestro aposento.

Al cabo de media hora oí tres o cuatro golpes consecutivos dados en la puerta; era el dueño que llegaba y se anunciaba en esta forma.

Entró en una especie de locutorio donde yo le esperaba, y, aunque las sombras de la noche empezaban a extenderse, me reconoció al instante.

—¡Ah, es usted, hija mía! —dijo con una sonrisa no exenta de cierta melancolía—. Estaba seguro, cuando salí de Hawarden, de que no pasaría mucho tiempo sin verla en Londres.

—¿Por ventura censura usted mi proceder, señor? —le pregunté.

—No… La juventud es aventurera y la belleza tiene sus destinos felices o funestos, a los cuales no puede sustraerse. ¿Quiere usted pasar a mi despacho? Estaremos mejor para conversar, pues me figuro que no es poco lo que tiene usted que decirme.


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