Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Corrà hacia la Reina, que me recibió con hosco semblante y el entrecejo fruncido.
—¿También tú vienes a interceder por ellos? —me preguntó.
—¿Y si viniese a interceder por ellos, señora, se negarÃa Vuestra Majestad a escucharme?
—SÃ, porque estoy resuelta a dejar que la justicia siga su curso, y tu súplica no serÃa más que una importunidad inútil.
—¡Oh, señora! —le dije, juntando las manos—, ¡tan jóvenes y tan poco peligrosos!
—No son, ciertamente, de condición tan dañina, que merezcan ser extirpados; convengo en ello.
—¡Oh, señora! vos misma lo reconocéis.
—Hay momentos en que me pregunto si esos miserables jueces han condenado a los tres muchachos por falta de entendimiento o por traición; pero debo decirte que me inclino por la traición.
La miré con extrañeza.