Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¿No entiendes? Si los perdonara, sentarÃa un precedente que me obligarÃa en adelante a perdonar a todos, porque todos se declararÃan también inocentes. Si los dejo ejecutar, todos los padres me aborrecerán y todas las madres me maldecirán. No habrá una sola madre que tenga un hijo de veinte años que no le estreche entre sus brazos, diciendo: «¡LÃbrete Dios de la reina extranjera, de la austriaca!» como llamaban a mi hermana.
—¡Ah, señora, Vuestra Majestad está indecisa, y eso es simplemente indicio de que los jueces han fallado injustamente!
—La justicia no puede en ningún caso ser injusta, Emma. Su justicia, pues, se cumplirá.
Lancé un suspiro e incliné la cabeza sobre mi pecho, pronunciando algunas palabras en voz baja.
—¿Qué murmuras? —preguntó la Reina.
—Doy gracias a Dios, por no haberme hecho reina, señora —le respondÃ.
Hubo un momento de silencio que la Reina interrumpió.
—Después de todo, la sentencia ha sido dictada esta mañana; tenemos, pues, tres dÃas por delante para tomar una resolución… Tú te quedarás hoy aquÃ; la noche es buena consejera.