Historia de una cortesana

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LXVI

Ninguna cara como la de don Basilio Palmieri denunció jamás tan fielmente a un vulgar bribonazo, como así le calificaba la Reina.

Se presentó, encorvado hasta el suelo; si hubiese podido arrastrarse desde la puerta a los pies de la Reina, lo habría hecho.

La Reina le recibió en pie.

El señor procurador fiscal intentó primeramente excusarse por lo poco que había obtenido del tribunal. Había pedido treinta cabezas: no era culpa suya si se le habían concedido tres solamente; había pedido la tortura; tampoco era culpa suya si se le había denegado.

—Está bien, señor —respondió fríamente Carolina—; será usted más afortunado otra vez.

—Vengo a poner mis humildes respetos a los pies de la Reina y a preguntar a Vuestra Majestad si puedo serle útil en algo.

—Puede usted prestarme dos servicios, señor —respondió Carolina.

—¡Yo! —exclamó el procurador fiscal con asombro—, ¿yo, prestar servicios a Vuestra Majestad? Recibir sus órdenes, señora, querrá decir.

—Usted puede —continuó la Reina— decirme cuál de los condenados tiene su domicilio más cerca del palacio real.


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