Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Ninguna cara como la de don Basilio Palmieri denunció jamás tan fielmente a un vulgar bribonazo, como asà le calificaba la Reina.
Se presentó, encorvado hasta el suelo; si hubiese podido arrastrarse desde la puerta a los pies de la Reina, lo habrÃa hecho.
La Reina le recibió en pie.
El señor procurador fiscal intentó primeramente excusarse por lo poco que habÃa obtenido del tribunal. HabÃa pedido treinta cabezas: no era culpa suya si se le habÃan concedido tres solamente; habÃa pedido la tortura; tampoco era culpa suya si se le habÃa denegado.
—Está bien, señor —respondió frÃamente Carolina—; será usted más afortunado otra vez.
—Vengo a poner mis humildes respetos a los pies de la Reina y a preguntar a Vuestra Majestad si puedo serle útil en algo.
—Puede usted prestarme dos servicios, señor —respondió Carolina.
—¡Yo! —exclamó el procurador fiscal con asombro—, ¿yo, prestar servicios a Vuestra Majestad? Recibir sus órdenes, señora, querrá decir.
—Usted puede —continuó la Reina— decirme cuál de los condenados tiene su domicilio más cerca del palacio real.