Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Señora, señora! —dijo don José, que recobraba un poco de valor, sintiéndose apoyado por m×. Vuestra Majestad lo puede todo; Vuestra Majestad es la Reina, más aún Vuestra Majestad es el Rey. ¡Perdón, señora, perdón para mi hijo! Ha cumplido veinte años hace tres dÃas. Es mi único hijo, señora. Contaba con él para ayudarme a morir; jamás habÃa cruzado por mi mente la idea de sobrevivirle. ¡Señora, por sus hijos, por el prÃncipe Francisco, por el prÃncipe Leopoldo, por su último hijo, en cuna todavÃa, por el prÃncipe Alberto, yo ruego, suplico y conjuro a la señora, a la Reina, a la Majestad, para que tenga compasión de mi hijo!
—¡Señora, señora! —dije a la Reina, juntando mi súplica a la de don José y besándole la mano.
—Y si yo hiciese algo por su hijo, señor, ¿se negarÃa él, por su parte, a hacer algo por mÃ?
—¿Por Vuestra Majestad, señora?, ¿por Vuestra Majestad, rica, joven, bella, poderosa? ¿Y qué quiere Vuestra Majestad que haga, Dios mÃo? ¡DÃgalo, dÃgalo! y toda mi autoridad paternal será ejercitada para que él la venere y la sirva de rodillas durante el resto de su vida.
—Su hijo es un jacobino, señor —dijo la Reina.
Don José la interrumpió.