Historia de una cortesana

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Por fin, don José recobró sus fuerzas; hice un signo al ujier, y se abrió la puerta. La Reina oyó el ruido de nuestros pasos, y preguntándose a sí misma qué hacíamos en la pieza inmediata, se puso en pie y vino a nuestro encuentro.

Su semblante tenía una expresión hosca, casi de enfado; porque María Carolina adivinaba lo que había ocurrido.

Empujé a don José a los pies de la Reina, diciéndole:

—Aquí está la que tiene en sus manos el perdón de su hijo. Pídaselo usted como se lo pedía a la Virgen, y lo obtendrá.

El pobre viejo cayó de rodillas, con las manos entrelazadas, y diciendo por toda súplica:

—¿Es verdad, señora?

—¿Qué? —preguntó la Reina con acento breve e imperioso.

—¿Que Vuestra Majestad me concederá el perdón de mi hijo, si se lo pido?

—Creo que nadie se habrá comprometido en mi nombre —dijo Carolina mirándome con la dureza que a veces despedían sus ojos.

—No, señora —respondí—; pero he dicho a un padre que pedía, postrado en el altar de la Virgen, por la vida de su hijo: «Venga, y le llevaré ante una reina, hermosa y misericordiosa como una Virgen».


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