Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Yo inicié la marcha. Al llegar a la puerta de la iglesia, don José se me adelantó, mojó sus dedos en la pila y me ofreció el agua bendita.
Viendo que mi mano no se movía para humedecer mis dedos en los suyos:
—Soy protestante —le dije.
Esta manifestación pareció desvanecer el resto de esperanza que brillaba en su frente; maquinalmente hizo el signo de la cruz, lanzó un suspiro, inclinó la cabeza sobre el pecho y me siguió.
Subimos en el coche.
—¡Al palacio real! —dije al cochero.
Cinco minutos después, el carruaje paraba al pie de la escalera que conducía a las habitaciones de la Reina.
El viejo estaba sombrío como la desesperación y pálido como la muerte.
Antes de entrar en la sala donde nos esperaba la Reina, me cogió la mano y se apoyó en el marco de la puerta.
Estaba a punto de desfallecer.
—¡Un momento, por favor! —me dijo.
En el fondo de mi alma había desaparecido toda alegría. ¡En qué opinión se tenía a la Reina! Ella era la que sentenciaba por boca de los jueces, la que ejecutaba por mano del verdugo.