Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—He aquí un papel para don Benito Palmieri, el procurador fiscal. Le digo que le permita a usted ver a su hijo y dejarle conversar con él por espacio de una hora, sin testigos.

—¿Cuándo, señora, cuándo?… Considere Vuestra Majestad que hace tres años que no le veo.

—Esta noche, de diez a once.

—¿Y si no encontrase a don Basilio en su casa?

—Vería a su hijo mañana, en vez de verle esta noche.

—Son las nueve, señora, y no tengo que perder un solo instante.

—Pues, no le retengo; ¡vaya usted!

—¡Ah! me parece que voy a enloquecer de alegría.

—¿Qué busca usted?

—Su mano, señora, su mano para besarla.

La Reina le tendió su mano. María Carolina estaba fuertemente impresionada; y si el pobre viejo hubiese podido leer, como yo, en su corazón, habría insistido y obtenido, sin condición, la vida de su hijo.

Por desgracia, no lo hizo; se precipitó fuera de la cámara real, repitiendo:

—¡Mi hijo, mi hijo, mi Manuel!…

Y el ruido de sus pasos se extinguió al mismo tiempo que el eco de su voz.


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