Historia de una cortesana
Historia de una cortesana La Reina y yo quedamos solas.
MarÃa Carolina estaba conmovida; pero su corazón de acero tenÃa necesidad, para rendirse, de otras emociones.
—¡Ahora, nosotras! —dijo.
Yo no me habÃa despojado de mi chal; la Reina se puso el suyo, se bajó la toca hasta los ojos, y, cogiéndome del brazo, me condujo hacia la escalera.
Subimos en el mismo coche del cual yo me habÃa servido para ir a la calle de Santa BrÃgida.
El lacayo cerró la portezuela.
—¡A la VicarÃa! —dijo la Reina.
El carruaje empezó a rodar velozmente, y se internó en el dédalo de calles que conducen al viejo palacio Capuano.
Varias veces habÃa yo pasado junto a aquellas murallas; pero ahora iba a penetrar en el fúnebre recinto donde los condenados, puestos en capilla, sufrÃan una agonÃa de tres dÃas.
Era evidente que iba a presenciar alguna cosa sombrÃa, terrible, nunca vista por mÃ.
Me apoyé temblando en la Reina, que estaba rÃgida y frÃa como el mármol. Era preciso que hubiese sufrido horriblemente, para haber llegado a tal grado de insensibilidad.
Llegamos, y en el acto se abrió la puerta que daba acceso al patio.