Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

LXVIII

La Reina y yo quedamos solas.

María Carolina estaba conmovida; pero su corazón de acero tenía necesidad, para rendirse, de otras emociones.

—¡Ahora, nosotras! —dijo.

Yo no me había despojado de mi chal; la Reina se puso el suyo, se bajó la toca hasta los ojos, y, cogiéndome del brazo, me condujo hacia la escalera.

Subimos en el mismo coche del cual yo me había servido para ir a la calle de Santa Brígida.

El lacayo cerró la portezuela.

—¡A la Vicaría! —dijo la Reina.

El carruaje empezó a rodar velozmente, y se internó en el dédalo de calles que conducen al viejo palacio Capuano.

Varias veces había yo pasado junto a aquellas murallas; pero ahora iba a penetrar en el fúnebre recinto donde los condenados, puestos en capilla, sufrían una agonía de tres días.

Era evidente que iba a presenciar alguna cosa sombría, terrible, nunca vista por mí.

Me apoyé temblando en la Reina, que estaba rígida y fría como el mármol. Era preciso que hubiese sufrido horriblemente, para haber llegado a tal grado de insensibilidad.

Llegamos, y en el acto se abrió la puerta que daba acceso al patio.


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