Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Nada más fácil, señora; los tres prisioneros están en la cámara de los muertos. Denomínase así la pieza en la que los condenados pasan los tres últimos días de su vida. Ese aposento comunica, por un lado, con la capilla; por el otro, con el guardarropa donde la cofradía de los bianchi, que acompaña a los reos al patíbulo, guarda sus largas y blancas túnicas. En dicha estancia, a la que se entra por una escalera secreta, sin necesidad de atravesar la capilla ni la cámara de los muertos, hay agujeros invisibles, abiertos con objeto de que los jueces puedan escuchar las conversaciones de los condenados y hasta sorprender sus movimientos. Usted podrá ver y oír desde allí todo lo que ocurra en la cámara de los muertos.

—Está bien. ¡Vamos!

El alcaide abrió la reja; la Reina franqueó la entrada y subió resueltamente la oscura escalera que se encontraba a pocos pasos.

—¡Oh!, ¡señora, señora!, ¡espéreme! —exclamé.

La reja volvió a cerrarse.

Carolina había llegado al primer rellano; yo la busqué a tientas, porque, debido a nuestros vestidos negros, estábamos completamente invisibles en la oscuridad.

El alcaide pasó cerca de nosotras, y su linterna derramó una pálida luz sobre las ennegrecidas paredes.


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