Historia de una cortesana
Historia de una cortesana En el primer piso, una segunda reja cerraba la escalera en todo su ancho.
El alcaide la abrió, la franqueamos, volvió a cerrarse y yo me sentà doblemente oprimida. A todos los que entran en una prisión les parece que sus puertas siniestras no han de volver a abrirse.
Penetramos en un corredor húmedo y estrecho. De vez en cuando, a la luz de la linterna, veÃamos en el interior de los calabozos, a los prisioneros incorporarse en sus lechos de paja. Me sentÃa presa de terrores infinitos, y parecidos a los que se experimentan en los lugares desconocidos y terribles. A trechos, nos detenÃamos, al encontrar una reja que nuestro acompañante abrÃa y volvÃa a cerrar; y cada vez que eso ocurrÃa, parecÃame, como a Dante, que bajaba, un nuevo escalón del infierno. Si hubiese estado sola con el hombre que nos guiaba, me habrÃa desmayado; si me hubiese encontrado absolutamente sola, me habrÃa muerto de espanto.
Llegamos al extremo de un corredor que conducÃa a una escalera estrecha y cerrada por una reja de barrotes entrecruzados.
El alcaide dijo en voz baja:
—Solo falta abrir esta reja y subir la escalera, y habremos llegado.
—Abra usted —dijo la Reina, con un acento en el que era imposible percibir la menor emoción.