Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El carcelero obedeció, pero con unas precauciones que denotaban que, realmente, íbamos a terminar nuestra jornada y que no quería ser oído de los que eran objeto de la misma. Los goznes y cerrojos de esta última reja se abrían y cerraban sin producir el más leve ruido.

Llegamos a una especie de amplio gabinete en el que la Reina entró con resuelto paso; pero yo me quedé en el umbral.

De las paredes pendían, semejando sombras inmóviles, las largas túnicas blancas de los bianchi destinadas a los condenados al ser estos conducidos al suplicio.

La Reina vio mi terror y adivinó su causa. Sin desplegar los labios, llevó la mano a uno de aquellos vestidos y lo sacudió de modo que yo pudiese convencerme de que nada se ocultaba en él, ni siquiera un fantasma. Y después, me hizo un signo para que entrase.

El carcelero le mostró unos agujeros practicados en el maderamen, hechos de modo que eran invisibles del lado de la cámara de los muertos. Por lo demás, una vez en esa cámara, los prisioneros, privados de la libertad de sus movimientos, no podían escudriñar nada absolutamente.


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