Historia de una cortesana

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Además, una especie de tubo de hojalata, a manera de bocina, se adaptaba al oído, al mismo tiempo que el ojo a la abertura; de modo que la persona oculta en el gabinete, podía, a la vez, oír y ver lo que pasaba en la cámara de los muertos.

Había dos de esas aberturas, e igual número de tubos.

El alcaide los puso a nuestra disposición.

—Espérenos usted en la escalera, al lado de la reja —le dijo la Reina.

El carcelero dejó la linterna en el suelo; la Reina la recogió y se la puso nuevamente en la mano.

Quedamos a oscuras; sin embargo, como la cámara de los muertos, para ser digna de su nombre de capilla ardiente, estaba iluminada a giorno, por los resquicios de las paredes aparecían dos puntos luminosos, indicando la dirección exacta del sitio en que debía aplicarse el ojo. Nos acercamos a la pared, y nos pusimos a observar.

En una sala cuadrada, de mediana capacidad, había tres colchones en el suelo y acostados encima de ellos vimos a los tres condenados Manuel de Deo, Gagliani y Vitagliano. Tenían las manos y los pies sujetos por argollas empotradas en el pavimento. Las argollas de las manos, colocadas en la extremidad de una cadena de tres o cuatro pies, les permitía sentarse en la cama y levantar la mano a cierta altura.


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