Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Los tres colchones estaban arrimados a la pared, uno al fondo de la habitación, frente a nosotras, los otros dos a derecha, e izquierda, respectivamente. El de la derecha, ocupado por el joven Manuel de Deo, estaba adosado a un fresco pintado, en la pared, el cual representaba a Jesús en cruz y a María, arrodillada a sus pies.

Frente a ese fresco ardían unos veinte cirios cuya luz formaba alrededor del prisionero algo parecido a un muro de fuego.

Estaba sentado en su lecho, tal como el cuadro de David nos representa a Sócrates en el momento de beber la cicuta; pero, en vez del viejo sabio, de frente surcada de arrugas, diciendo a los atenienses: «No valía la pena de quitarme la vida; bastaba con haberme dejado morir», veíamos a un bello joven de griego perfil, pálida tez, ojos llenos de luz, largos y negros cabellos que caían en bucles sobre sus hombros; porque, según había dicho su padre, sus cabellos habían crecido durante los tres años de prisión.

No sé qué sentimiento de piedad o de admiración la vista de Manuel pudo inspirar a la Reina; pero, en cuanto a mí, después de haber dirigido una rápida mirada a sus compañeros, clavé en él mis ojos sin apartarlos mientras permanecimos en aquel lugar.


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