Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Cuando nosotras entramos, llegaron a nuestros oÃdos los acentos de una dulce melodÃa, y en el metro de los versos y su forma enérgica reconocà que el joven napolitano estaba declamando versos de Dante.
Como nuestra llegada no produjo ningún ruido y los prisioneros no podÃan sospechar que se los miraba y escuchaba, el condenado continuó recitando.
Ya he hablado de la impresión que experimenté al verle; he dicho también que tenÃa la actitud de Sócrates y la expresión inspirada de un profeta.
Seguramente él creÃa que sus dos compañeros estaban necesitados de un consuelo, porque les recitaba el canto XIV del ParaÃso, en el que Dante, guiado por Beatriz, sube a las regiones de Marte, y encuentra allà a las almas de los que combatieron por la fe verdadera, las cuales, bajo la forma de lenguas de fuego, cubren la cruz y glorifican el santo crucifijo.
La verdadera fe, a los ojos de aquel joven entusiasta, era la libertad en aras de la cual se disponÃa a morir, y su esperanza, de la que procuraba hacer participar a sus compañeros, habÃa de ser, un dÃa, una de aquellas melodiosas lenguas de fuego.
Ahora, después que he dicho lo que vimos, diré lo que oÃ.
