Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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LXIX

Cuando nosotras entramos, llegaron a nuestros oídos los acentos de una dulce melodía, y en el metro de los versos y su forma enérgica reconocí que el joven napolitano estaba declamando versos de Dante.

Como nuestra llegada no produjo ningún ruido y los prisioneros no podían sospechar que se los miraba y escuchaba, el condenado continuó recitando.

Ya he hablado de la impresión que experimenté al verle; he dicho también que tenía la actitud de Sócrates y la expresión inspirada de un profeta.

Seguramente él creía que sus dos compañeros estaban necesitados de un consuelo, porque les recitaba el canto XIV del Paraíso, en el que Dante, guiado por Beatriz, sube a las regiones de Marte, y encuentra allí a las almas de los que combatieron por la fe verdadera, las cuales, bajo la forma de lenguas de fuego, cubren la cruz y glorifican el santo crucifijo.

La verdadera fe, a los ojos de aquel joven entusiasta, era la libertad en aras de la cual se disponía a morir, y su esperanza, de la que procuraba hacer participar a sus compañeros, había de ser, un día, una de aquellas melodiosas lenguas de fuego.

Ahora, después que he dicho lo que vimos, diré lo que oí.


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