Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Usted la conoce, padre —replicó el joven—. ¿Es la marquesa de San Marco, la baronesa de San Clemente?
El viejo sacudió la cabeza.
—¡Vamos, padre, diga usted!
—Yo creo —respondió don José con manifiesto temor de que su declaración fuese mal acogida—, yo creo que es la embajadora de Inglaterra.
—¡La embajadora de Inglaterra!, ¡lady Hamilton! ¡Emma Lyón! ¿Y quién ha autorizado a esa perdida para entrometerse en nuestros asuntos?
—Hijo mÃo —exclamó el viejo—, no hables de ella en tales términos. JurarÃa que es ella la que ha pedido tu perdón a la Reina.
—¿Mi perdón a la Reina? ¡Qué dice usted, padre mÃo! Puesto que la Reina es la que nos hace condenar, no puede querer nuestro perdón.
—Sin embargo, yo te lo traigo, hijo mÃo.
—¿Usted me lo trae?
—SÃ, pero con una condición.
—¡Ah! —repuso Manuel, haciendo un movimiento de desdén con los labios—. Sepamos esa condición, padre mÃo.
Y el joven se dejó caer sobre un escañuelo.
Su padre le puso la mano en el hombro.