Historia de una cortesana

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Cual si los carceleros se hubiesen conmovido a su vez de semejante situación, volvieron a entrar, libraron de las argollas los pies de Manuel de Deo y lo desembarazaron de la cadena que sujetaba su mano izquierda.

El joven se levantó, sacudió la cabeza como un león que acaba de recobrar su libertad, y lanzó un suspiro de satisfacción.

—¡Ah, mi buen padre! —exclamó jovialmente como si hubiese desaparecido todo peligro—, ¡cuánto placer hay en volver a verse!… ¿Y a qué milagro debo yo la dicha de su presencia y este instante de libertad?

—Es un milagro, en efecto, mi querido Manuel, y a duras penas puedo creer en él —respondió el viejo—. Estaba yo en la iglesia de Santa Brígida, rogando a Dios que viniese en nuestra ayuda, cuando una señora vino a buscarme de parte de la Reina.

—¿De parte de la Reina? —exclamó Manuel con el más profundo asombro.

Y, anublándose visiblemente su frente:

—¿De parte de la Reina? —repitió—. ¡Imposible!

—Lo mismo decía yo en el primer momento; pero tuve que rendirme ante la evidencia. Seguí a la señora, subimos en un coche y me condujo a palacio.

—¿Conoce usted a esa señora? —preguntó vivamente el joven.

—No —respondió titubeando el anciano.


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