Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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En el mismo instante el viejo José de Deo apareció en la puerta y se arrojó en los brazos de su hijo, exclamando:

—¡Manuel!, ¡querido Manuel!

Y ambos, padre e hijo, permanecieron un momento abrazados, mezclados los negros cabellos del joven con los blancos cabellos del anciano.

Se produjo un silencio de algunos instantes, durante el cual solo se oían los sollozos de José de Deo.

Este fue el primero que interrumpió aquel silencio.

—Ustedes saben —dijo a los dos carceleros que le habían acompañado—, que tengo el derecho de estar solo con mi hijo.

Sin duda los carceleros estaban advertidos de esa gracia acordada al pobre padre, porque, cuando este les habló en los términos expuestos, ya habían empezado a soltar las cadenas que sujetaban a los otros dos jóvenes, que fueron conducidos a la capilla.

El padre y el hijo quedaron solos.

—¡Oh! señora —murmuré al oído de la Reina—, ¿no le quitarán las cadenas, a fin de que en este instante de dicha que debe a Vuestra Majestad pueda olvidar que está prisionero?

—Si él pide ese favor —dijo la Reina—, le será otorgado.


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