Historia de una cortesana

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Cuando la voz llegó con claridad a mis oídos, Manuel había ya recitado aproximadamente las tres cuartas partes del canto, y con voz vibrante, puesta la mirada en algo invisible, estaba en este verso:

Qui vence la memoria mia l’ingegno[13]

Sus amigos le escuchaban con la boca abierta y la sonrisa en los labios. Habríase creído que le decían: «¡Canta por vez postrera, hermoso cisne de la libertad!».

Continuó recitando. Al terminar uno de los versos, el condenado aparecía tan radiante de belleza, tan lleno de entusiasmo, tan convencido, que sus dos compañeros aplaudieron lo mismo que habrían aplaudido a un actor en el teatro, confundiendo el ruido de sus cadenas con el de sus aplausos.

De repente, se oyó de la cámara inmediata, es decir, de la capilla, este grito:

—¡Mi hijo!, ¿dónde está?, ¿dónde, mi hijo?

Manuel reconoció aquella voz.

Y olvidando que estaba encadenado, hizo un movimiento tan vigoroso para salir al encuentro de su padre, que una de las cadenas, la del brazo derecho, se rompió.

Pero, detenido en medio de su impulso por las argollas de las piernas y la cadena del brazo izquierdo, el joven cayó desplomado sobre su colchón rompiendo en gemidos.


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