Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Parece —prosiguió Manuel de Deo—, que la tiranía, en cuyo nombre viene usted, no se satisface con la sangre de los patriotas; parece que quiere su honor, y en compensación de la vida que me brinda, pide… ¿cuántas cabezas más?… ¿No lo sabe usted, padre mío? ¡Deberían haber fijado un número! ¡Ah! bien decía yo que nada bueno podía venir de esa mujer; y cuando usted la ha nombrado, cuando usted ha nombrado a su digna amiga, todas mis esperanzas se han desvanecido… No, no, déjeme usted morir, padre mío. ¡Oh! bien lo sé: la libertad será muy cara para Nápoles, y por afianzarla, habrá de correr mucha sangre; pero no olvide usted que la primera sangre derramada será la más honrada y la más esclarecida. Piense usted en la existencia odiosa que usted me propone. ¡Huir!, ¿en qué país desconocido, en qué parte del mundo ocultaríamos nuestra vergüenza? No; calme usted su dolor, consuélese con la certidumbre de que muero inocente y de que mi muerte es un homenaje a la lealtad. Sobrellevemos con valor, usted y yo, nuestro martirio de un instante. Día llegará en que mi nombre reclame una página gloriosa en la historia, y usted dirá con orgullo: «Ese, que yo puse en el mundo, murió de los primeros por su patria».




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