Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Oh, tú estás loca! Hay allí muy hermosas sicilianas. Ya soy vieja, con mis treinta y siete años; él, a los cuarenta, continúa siendo un joven. A partir de los treinta, cada año se cuenta por dos; tú también lo sabrás algún día.

—¡Chitón, señora! —dije yo riendo—, ya lo sé. Aunque no conozco de un modo exacto la fecha de mi nacimiento, que no se cita, como la de Vuestra Majestad, en el Almanaque de Gotha, calculo que debo tener unos treinta y dos años, o cuando menos, treinta y uno bien cumplidos.

—Tú —dijo la Reina—, tú tienes veinte años, y, Dios me perdone, creo que nunca pasarás de esa edad.

—¿Quiere Vuestra Majestad darme la llave del bufete?

—No, es inútil. Voy a acostarme; estoy rendida; tú te sentarás cerca de mí, y hablaremos de él. Es indecible cómo me tranquiliza su solo recuerdo. No sé por qué me quejo, pues durante dos o tres años fui muy dichosa, y dígaseme si hay alguna mujer, singularmente siendo Reina, que pueda contar tres años de felicidad.

Había pasado de la cólera a la agitación, y de esta a la melancolía. La ayudé a desnudarse, y se acostó; acerqué un sillón a su cabecera, y le cogí la mano.


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