Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Entonces, aquel pecho agobiado se desahogó; durante una hora repasó mentalmente, uno tras otro, todos los más insignificantes detalles de aquellos tres años de dicha; ningún pormenor se le escapó, y por espacio de una hora, todo fue echado al olvido, hasta los insultos sangrientos que le habían sido inferidos; ¡tal es el poder de los recuerdos de un primer amor en el corazón de una mujer!
Después, lentamente, su voz se apagó, aflojó la mano, cerráronse los ojos, y una respiración suave como la de un niño salió de sus labios, rugientes dos horas antes.
Dormía.
Consideré que, después de las emociones que acababa de recibir, su sueño sería profundo y duradero. Di órdenes en las antecámaras para que, al otro día por la mañana, nada turbase su reposo; luego, me retiré a mi gabinete, inmediato al de la Reina, dejando abierta la puerta de escape.
Al día siguiente, o más propiamente, el mismo día, 3 de octubre de 1794, la Reina se despertó a las diez, y me llamó.
Hacía unos cinco minutos que yo me había levantado, y corrí a su cama.