Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Ve tú con ella. Yo no puedo salir de Nápoles; ¡tengo que dar al gobierno detalles de lo que ocurra, y si me encontrase en Caserta no podrÃa estar seguro de la autenticidad de mi información!
—Espero que no asistirás al suplicio de esos desgraciados.
—No lo sé; el banquero inglés Leigh me ofrece un sitio en sus ventanas, y como reside en la plaza del Castello, puede que acepte. En todo caso, mañana por la noche, o lo más tarde, pasado por la mañana, iré a buscarte y te daré pormenores de lo que ocurra.
Me estremecà ante la idea de esos pormenores que tan tranquilamente me prometÃa sir Guillermo. Este, por su parte, ignorando del todo lo que habÃa ocurrido la noche anterior, no comprendió nada de mi agitación; pero, acostumbrado a no interrogarme jamás, no me hizo ninguna pregunta.
A la hora fijada, estaba yo en palacio. HabÃa ordenado al cochero que tomase por Chiatamone y Santa LucÃa para huir de la proximidad de la plaza del Castello.
Con todo, yendo a Caserta, hubimos de pasar por la calle de Toledo; pero ocupábamos un coche cerrado, y corrà las cortinas.
Pasamos sin llamar la atención de la muchedumbre; pero yo no levanté las cortinas ni respiré libremente hasta que no estuvimos en plena campiña.