Historia de una cortesana
Historia de una cortesana No tenía yo necesidad de hacer ninguna pregunta a la Reina para saber que nadie había ido a palacio y que ella no se había visto en el caso de conceder o negar favor alguno.
Llegamos a Caserta a las siete y media de la noche. Al entrar en aquel sólido y macizo edificio, me pareció que entraba en una tumba.
Es de comprender lo triste que pasamos aquella noche; la Reina y yo estábamos bajo la presión del mismo pensamiento, y, sin embargo, ni ella ni yo queríamos hablar de lo que constituía nuestra obsesión.
Con respecto a mí, tenía constantemente ante mis ojos a los tres jóvenes, y particularmente al que, en esta tragedia, desempeñaba el papel más importante; su hermosa cabeza, sus ojos elocuentes, su voz vibrante, su ademán solemne, todo esto venía a mi memoria tan a lo vivo, que, si hubiese estado sola, no habría podido resistir al deseo de coger un lápiz y trazar en el papel toda la escena por mí presenciada.
La Reina tomó un libro; pero noté que nunca daba vuelta a las hojas, lo que me hizo creer que no leía. A cosa de las dos, nos trajeron un refrigerio; pero solo tomamos una taza de té.