Historia de una cortesana
Historia de una cortesana A intervalos, la Reina y yo intentábamos cambiar algunas palabras, de esas palabras indiferentes que en ausencia de las grandes preocupaciones, son el recurso de las conversaciones ordinarias; pero cada una de ellas parecía una piedra caída en un remolino y que muere en él sin producir ningún eco.
El reloj de la chimenea era de porcelana, y representaba al Tiempo armado de una guadaña. Nunca alegoría alguna fue más apropiada ni más sombría. El reloj dio sucesivamente las diez, las once y las doce; con la última vibración, hacía su entrada el día 4 de octubre, día de la ejecución.
La Reina se levantó, fue a la chimenea, alzó el globo del reloj y paró el regulador.
Se anticipaba para impedir al reloj dar las cuatro; porque a las cuatro, el péndulo debía hacer algo más que medir el tiempo; debía anunciar la eternidad.
El suplicio de los jóvenes había de ser a las cuatro; yo lo ignoraba, pero la Reina lo sabía, y estábamos ella y yo tan aferradas a la misma idea, que cuando la Reina detuvo la marcha del balancín, me sentí totalmente sobrecogida, adivinando su intención.