Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Ah! señora, permítame Vuestra Majestad que no tenga opinión acerca de esas cosas terribles de la vida y de la muerte. He nacido muy lejos de aquellos a quienes Dios ha concedido el derecho de disponer de la vida ajena, lo cual jamás me ha permitido filosofar sobre tan grave cuestión. Soy mujer, y por lo tanto, una criatura débil y misericordiosa, y confieso que habría preferido que este reloj hubiese dado la hora del perdón en vez de la del suplicio.

—Pero —exclamó Carolina con vehemencia—, si este reloj ha señalado la hora del suplicio, no es culpa mía. ¿No hemos hecho, tú y yo, todos los posibles para salvarlos? ¿No esperé ayer todo el día, en Nápoles, que algún miembro de sus familias viniese a implorar por ellos? Esperé inútilmente desde las once de la mañana hasta las seis de la tarde, temblando de emoción cada vez que oía el ruido de pasos cerca de mi habitación. Pero ¡qué quieres! despreciaron mi perdón; se consideran dichosos de morir por la santa causa de la libertad; se figuran que algún día Nápoles les erigirá una estatua, y en esa creencia, irán al patíbulo como mártires… ¡Estatuas en Nápoles! —añadió Carolina prorrumpiendo en una risa estridente y forzada—. Los pueblos saben destruir, pero no edificar. Quizás se derribará la estatua de los reyes, pero no será para levantar en su lugar la de los jacobinos.

Aquí, Carolina enmudeció.


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