Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Oh, no! no hay para qué divulgar mi debilidad. Pero, como no creo que Dios se haya entretenido en hacer un milagro con motivo de esos tres miserables jacobinos, quiero saber ese misterio del reloj. Ayúdame a recostarme en mi cama, y averígualo.

Acompañé a la Reina hasta su lecho, se tendió vestida en él, y yo salí a interrogar a los criados.

El ujier me dijo que, habiendo entrado en la cámara y visto parado el reloj, consideró deber suyo darle cuerda y ponerlo a la hora.

Volví junto a la Reina, y le di esta explicación.

Su semblante se tranquilizó, enjugó el sudor que bañaba su frente y probó a sonreír; pero fue en vano: los músculos de su cara no perdieron un átomo de rigidez.

—Al fin y al cabo —dijo mirando el reloj y viendo que eran las cuatro y media—, a esta hora todo ha terminado. Se ha dado un gran ejemplo, del que Nápoles tenía suma necesidad.

Yo no respondí.

—¿No eres de mi parecer?


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