Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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En la calle de Toledo, los soldados tuvieron necesidad de abrir paso a la lúgubre comitiva por entre la inmensa multitud que invadía la vía pública. Los jóvenes, colocados cada uno entre dos penitentes y precedidos de un sacerdote que de vez en cuando se volvía a ellos para darles a besar el crucifijo, caminaban con paso firme, saludando a las personas conocidas, las cuales respondían al saludo agitando sus pañuelos y gritando:

—¡Adiós!, ¡adiós!

A las cuatro menos cuarto, el cortejo llegó a la iglesia de San Fernando, y, pasando delante del teatro San Carlos, desembocó en la plaza del Castillo, en cuyo centro se había levantado el cadalso, con tres horcas dispuestas en forma de una H mayúscula.

Vitagliani, que iba delante y era el de más edad, gritó:

—¡Amigos! aquí tenéis el instrumento del martirio.

—¡Sea bienvenido! —exclamó Manuel de Deo—. ¡El martirio conduce a Dios!

—¡Y la muerte a la libertad! —añadió Gagliani, el más joven de los tres.

Estas palabras fueron recogidas, y los que las oyeron las propalaron entre la multitud.


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