Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Con relación a lo pasado, me sentía feliz. Había llegado la primavera. La ladera del collado adonde llevaba a pastar mi hatajo, era una vasta alfombra de brezos y tomillo, que mis carneros pacían con fruición y yo tejía coronas para mí. Al atardecer regresaba a la alquería y me acostaba en el aprisco del pequeño rebaño confiado a mi cuidado. A mi cotidiana alimentación eran suficientes las frugales provisiones contenidas en una cesta que me habían destinado: un poco de queso o de manteca, a veces un huevo cocido, y pan. Mi perro participaba de este habitual refrigerio. Luego que habíamos almorzado o comido, íbamos a beber a una fuente vecina que formaba una cuenca diáfana como el cristal, antes de desbordarse y correr como un hilo de plata por la pendiente del montecillo. Tres o cuatro años se deslizaron en esta forma, sin que ningún suceso viniese a trazar huella alguna en mi memoria, alterando la plácida, armonía de aquella existencia.

Un día que bebía, como de costumbre, agachándome hacia la fuente y que llevaba una corona de brezos rosados entremezclados con margaritas, me detuve, en el preciso instante de ir a tocar el agua con mis labios, y por vez primera eché de ver que era bella.



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