Historia de una cortesana

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—Cecilia —añadió la señora Hawarden—, me trae un vestido sencillo pero elegante. Esta señorita tiene la misma estatura que yo, acaso es un poco más delgada; pero, en todo caso, si crees que esto sea una solución, que se ponga mi vestido, del que no tengo inmediata necesidad, y Cecilia me hará otro.

Su marido la abrazó.

—Eres un ángel —le dijo.

Y volviéndose hacia mí, añadió:

—¿Querrá usted, señorita, ponerse un vestido que ha sido hecho para mi mujer?

—Será para mí ocasión de orgullo y satisfacción —respondí.

El señor Hawarden llamó.

—Digan a la señorita Cecilia que entre.

La costurera se presentó.

—Las dejo; el asunto es cosa de ustedes —dijo el dueño de la casa.

Y salió de la habitación.

El vestido me sentaba como si hubiese sido cortado para mí.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, quedaba yo instalada en casa del señor Plowden, esto es, en la más hermosa tienda del Strand, y el señor Hawarden se despedía de mi principal recomendándome cual lo hubiera hecho tratándose de una hija.


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